PERDER PESO: ETERNA BATALLA Y FACTORES OBESOGÉNICOS

A estas alturas ya deberías saber que reducir el peso corporal es una cuestión de balance energético. Balance entre las calorías adquiridas (ingeridas a través de la alimentación), y las calorías gastadas (consumidas por el metabolismo basal y la actividad física). La teoría está clara, un balance energético positivo nos llevará a acumular grasa y a ganar kilos, mientras que un déficit energético conducirá a que los perdamos. Hasta aquí todo bien, así que siendo conscientes del mecanismo solo falta ponerse manos a la obra, ¿no es así? En resumen, se trata  de comer menos y moverse un poco más –tampoco debería hacer falta matarse a correr–,  esto último es lo que piensan muchos que por profesión se pasan largas horas delante de la pantalla.

Es así como muchas personas con gran voluntad y decisión se lanzan a “hacer dieta” para perder peso, lo que muchas veces supone pasar hambre, incluso sufrir casi de inanición por culpa de planteamientos dietéticos absurdos y demasiado restrictivos en calorías. Estas dietas habitualmente denominadas “milagro” nos prometen en cuestión de semanas obtener la ansiada six-pack o acabar con la lorza sobrante, no es raro que sean prescritas por algún gurú de turno (a veces con bata blanca) sin ninguna formación, o bien conseguirlas gracias a alguien que nos comenta que no sé qué dieta le fue de maravilla a su vecina o a su cuñado; a menudo hacer dieta implica adquirir productos con una etiqueta de natural, dietético, quemagrasas, alto en proteínas y engañifas varias. Todo tiene un único objetivo: nuestro dinero. No existe ningún suplemento, crema, batido ni gaitas en vinagre que haya demostrado la más mínima eficacia para la pérdida de grasa.

Otro de los pasos importantes que se suele dar para librarse de los kilos de más  es apuntarse al gimnasio como muestra de solidaridad. Sí, lo he dicho bien, solidaridad. Porque adquirir la calidad de socio de un gimnasio y pagar la mensualidad por ir unas pocas veces al año no puede considerarse más que un acto de solidaridad con los que allí trabajan. Al menos contribuimos a la prosperidad de esas personas.

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Hay muchas maneras de hacer ejercicio (Fuente: Giphy)

Sarcasmos aparte, es con esta fórmula, dieta severa más ejercicio con la que muchas personas suelen lograr una pérdida de peso inicial muy llamativa, no importa cuán grande es el sufrimiento padecido, la alegría es siempre mucho mayor y el reconocimiento de los demás también. El objetivo está cercano, a saber… una boda, el verano, un reencuentro con amigos. Mejorar la salud es para la mayoría bastante secundario, lo importante es lo estrictamente estético. Pero lo que inicialmente es todo un logro en lo que a pérdida de kilos se refiere, antes o después se puede convertir en un esfuerzo demasiado titánico para los resultados a medio y largo plazo. Si en el camino no hemos aprendido algo más que a privarnos de todo alimento que nos gusta o a comer a base de jugos “detox” pronto volveremos a las andadas. Es muy fácil que una vez superado en el tiempo el objetivo inicial por el que decidimos ponernos a dieta nos desentendamos de ésta, será otra oportunidad pérdida para mejorar definitivamente nuestra alimentación y por ende  nuestra salud.

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La situación descrita es, por desgracia, demasiado habitual, ya que el problema real, el de la obesidad y el sobrepeso requieren de un abordaje complejo en muchas ocasiones. No es casualidad que  más del 50% de la población adulta y casi un 30% de los niños en España tengan sobrepeso u obesidad. Sin embargo, culpabilizar de ello a la supuesta pereza y falta de voluntad de las personas no es para nada justo con la realidad que vivimos. La industria alimentaria a través de la publicidad juega un papel determinante y visitar el supermercado se  puede convertir en un problema a la hora de elegir qué comer. Los mensajes y presión por consumir determinado tipo de productos han creado a nuestro alrededor un ambiente obesogénico que nos supera y que puede, incluso, con aquellos decididos a cuidar su alimentación. La falta de tiempo, el marketing agresivo y las modas no favorecen una alimentación adecuada hoy en día. 

¿Solo es el balance energético?

Existen, además de un mal patrón alimentario y el sedentarismo otros factores cuya influencia sobre el metabolismo o bien sobre los mecanismos que controlan el apetito pueden contribuir a la ganancia de peso. Hablamos de factores que en su mayoría son difícilmente controlables por el individuo, y aunque no podemos afirmar que sean causantes directos de la epidemia de obesidad sí que pueden contribuir a ésta. Son los denominados factores obesogénicos, cuya lista puede ser larga dependiendo del punto de vista desde el que los analicemos. Algunos candidatos serían:

   ⊕ Los cambios en la flora intestinal ocasionados por desequilibrios nutricionales.

   ⊕ La reducción en las horas de sueño. 

   ⊕ La exposición a contaminantes ambientales. 

   ⊕ Las confortables temperaturas de las sociedades actuales.

   ⊕ Determinados tipos de fármacos.

   ⊕ Una ganancia de peso inadecuada de la madre durante el embarazo.

Y podríamos seguir. Todos estos condicionantes, de los que hablaré otro día, tienen una correlación con la obesidad, y se ha establecido una relación de causa-efecto clara en algunos casos. 

¿Por qué no culpar también a la genética? Nuestros genes han evolucionado y sido seleccionados durante cientos de miles de años para que nuestra especie pudiese sobrevivir a etapas de escasez de alimentos y adaptarse a la variabilidad del ecosistema. Los genes culpables de nuestra facilidad para almacenar energía controlan diferentes esferas relacionadas con la biología del tejido adiposo, la regulación del apetito, el metabolismo y la termogénesis, la predisposición al ejercicio y la capacidad para “quemar” grasa. Estos genes caprichosos llevan muy mal lo de vivir en la sociedad de la abundancia. Nuestra capacidad para la creación de células almacenadoras de grasa: los adipocitos, no tiene límite, respondiendo así como un mecanismo de supervivencia ancestral. 

En contraposición a esta dichosa “virtud” biológica se investiga desde hace tiempo acerca de los beneficios que para la salud y la longevidad tiene la restricción calórica. Se estima que una reducción de entre el 20% y el 30% de las necesidades energéticas, sin causar malnutrición, por supuesto, puede alargar la vida. Los resultados de esta restricción calórica no se explican únicamente por los beneficios que para la salud tiene la reducción de grasa vísceral y tejido adiposo, como son evitar las enfermedades causadas por la obesidad, sino que tienen más que ver con mecanismos antienvejecimiento (anti-aging para los angloparlantes) en un plano diferente: el de la genética, otra vez. La restricción calórica y la práctica habitual de ejercicio pueden tener un efecto sinérgico modulando la expresión de ciertos genes y retrasando el envejecimiento celular, prolongando de esta manera la vida. En fin, esto da para otro comentario. Por cierto, lo del anti-aging no va de cremas, aviso. 

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Al margen de todas las causas sobre las que se estudia y se habla en medios de comunicación como posibles culpables del diámetro de nuestra cintura, no se debe desviar la atención sobre lo que sabemos con certeza, y esto es que la actual epidemia de obesidad tiene como principales causas nuestros hábitos de vida relacionados con la alimentación y la actividad física. La dieta occidental actual se caracteriza por un aumento en el consumo de alimentos ultraprocesados ricos en energía y con una pobre carga nutricional; el seguimiento de un modelo de alimentación saludable como es en muchos aspectos la dieta mediterránea no alcanza sus mejores cuotas de adherencia. 

¿La solución individual para la obesidad  sigue siendo dieta y ejercicio?

Sí, pero con matices. La palabra dieta debe ser entendida como un comienzo para introducir cambios en nuestra alimentación de una manera sostenida en el tiempo y con un objetivo claro. Se debe alejar la mentalidad del viejo “régimen de adelgazamiento” con una fecha de inicio y fin. Personalmente prefiero que todo el mundo entienda la palabra dieta como un sinónimo de patrón alimentario. Cada persona, cada cultura, tiene una dieta (patrón alimentario) que la diferencia de la dieta de otros individuos, culturas o países. Las modificaciones voluntarias en nuestra dieta pueden ser introducidas por multitud de razones: para perder grasa, mejorar el rendimiento físico, evitar la sintomatología de una alergia o intolerancia, por cuestiones estéticas, ambientales, etc. Pero la prioridad del profesional sanitario, el dietista-nutricionista, es que esos cambios garanticen la salud del individuo por encima de todo, tratando de introducir modificaciones que mejoren el patrón alimentario y estén en consonancia con los gustos y objetivos de la persona que busca ayuda. En ocasiones es necesario replantear los objetivos iniciales del cliente si se considera que estos pueden comprometer aspectos relacionados con la salud a largo plazo. Es necesario llegar a acuerdos que no desanimen la voluntad de cambio, pero que tampoco supongan objetivos difícilmente alcanzables.

Mejorar la alimentación no pasa por reducir la cantidad de alimentos que ingerimos. Este pensamiento es una simplificación errónea que, si bien puede hacer que en algún caso perdamos unos kilos rápidamente, no podrá solucionar el problema de base. De hecho, puede ser el punto de inflexión que a largo plazo nos haga ganar más peso del que teníamos inicialmente, es el conocidísimo efecto rebote o yo-yo. Por otro lado, reducir la ingesta de alimentos de manera importante puede ser un arma de doble filo. Al resultar muy atractiva la rápida pérdida de peso se puede crear una sensación de satisfacción que lleve a disminuir todavía más la alimentación para maximizar los resultados, podemos originar déficits nutricionales además del buscado déficit energético y provocarnos problemas de salud. Una pérdida de peso demasiado rápida también conlleva pérdidas de masa muscular, algo que siempre debemos evitar y que precisa de ejercicio para su recuperación, sobre todo a medida que avanzamos en edad. Para evitar riesgos lo mejor es acudir a un profesional de la salud titulado de confianza. El dietista-nutricionista es el profesional especializado en la alimentación individual y colectiva con capacidad suficiente para abordar todos los problemas que puedan surgir en torno a ésta.

 

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Un comentario en “PERDER PESO: ETERNA BATALLA Y FACTORES OBESOGÉNICOS

  1. Javito dijo:

    Siempre nos quieren vender que todo es tan facil como sumar o restar calorias, pero hay que tener en cuenta muchos mas factores como los que has comentado para llevar una forma de vida saludable y mantenida. Buen aporte!!

    Me gusta

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